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Oda a la responsabilidad – 1ª Parte – El despertar de la conciencia crítica

¡Oh Hermes, entrégame el cáliz de mercurio! Pues mi alma ya no puede soportar el dolor que mi cuerpo mortal le inflige…

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El único camino que conozco hacia la equidad de la relación entre personas, es la asunción de responsabilidad sobre uno mismo y sus propias acciones, pues al integrarlo como mecanismo rector, lo proyecto y puedo reconocerlo también a nivel colectivo.

Evoco la responsabilidad como mecanismo orientador, partiendo de la reflexión propia, siendo consciente que no pretendo revelar al lector ninguna verdad trascendente ni irrebatible, si no más bien lo contrario. Mi objetivo es ofrecer elementos para la reflexión ajena, el camino a seguir en la búsqueda del grial es distinta para cada uno de nosotros.

La responsabilidad para con uno mismo, incluye distintos componentes entre los que incluiría como elementos principales: el cuidado del cuerpo físico, el cuidado del cuerpo espiritual y el cuidado de la mente racional. Siendo este último objeto de la primera parte de esta serie de artículos, por considerar que se haya en el punto intermedio del diálogo que se produce entre lo material y lo divino.

Mi sentido común me inclina a pensar en el cultivo de la conciencia crítica como la capacidad latente que todos tenemos de observarnos a nosotros mismos como espectadores, reflexionar sobre los propios actos y sobre los de los demás. Incluyo las palabras en la categoría de actos en la medida que producen efectos  y que proceden de la reflexión o la ausencia de la misma.

La conciencia crítica enmarcada como la capacidad de poner en tela de juicio los argumentos propios y ajenos, verbales o no verbales, en la búsqueda de un punto de equilibrio que de sentido al conjunto y pondere las acciones y las opiniones.

Así al favorecer el desarrollo de esa conciencia crítica, no solo mejoramos nuestra capacidad de interacción con el mundo que nos rodea en la búsqueda constante que impulsa nuestras vidas, si no que afinamos un instrumento muy preciso y agudo al que denominamos percepción.

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Dicho instrumento ilumina el umbral de la consciencia. Cuando la percepción se eleva, la mirada que prevalece es la que se fija en el interior, la que permite reconocer la voluntad que nos anima y nos mueve en última instancia. Esta se oculta tras el velo de nuestra irracionalidad. Es la capacidad de reflexionar sobre uno mismo y las acciones propias la que permite auto observarse desde la distancia, la que contiene la llave hacia los rincones anhelados del alma.

Zampar, privar, sobar, currar, follar, cagar, mear, palmar… la vulgaridad verbal como metáfora dialéctica e ilustradora de la naturaleza irreflexiva e impulsiva de la mayor parte de la población. Como nos pueden golpear u ofender las palabras, así nos impactan las acciones cotidianas de nuestros semejantes.

Permanecer en los cienos de la bestialidad, siendo presas del impulso irracional y del atropello recíproco, o cultivar  el diálogo, la respuesta ponderada a través de la introspección, para finalmente alcanzar el estatus de ser humano. Es una elección que debemos plantearnos cada uno de nosotros.

Debemos tener en cuenta en la búsqueda de esa conciencia crítica, el control que atribuimos sobre nuestras propias acciones. ¿Somos víctimas del destino y de las circunstancias o por el contrario lo que ocurre a nuestro alrededor se debe a una concatenación de acciones propias? En otras palabras, ¿Decido como es mi vida o los demás lo hacen por mi?

Es una pregunta fundamental en los tiempos que corren, ya que si atribuimos el control sobre nuestras vidas a causas externas, no nos queda más remedio que la resignación y la búsqueda del placer efímero como válvula de escape a la pretendida prisión. El entretenimiento como meta y la cercanía del estímulo como desencadenante último del comportamiento.

Si por el contrario nos enfocamos hacia el interior, podremos observar que siempre tenemos la capacidad y la responsabilidad de elegir.  La elección entre ser víctimas del destino y dejarnos llevar… o empoderarnos como seres conscientes y asumir el papel que estamos destinados a desempeñar a nivel individual y colectivo.

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Todos podemos sentirnos manipulados, en el grado en que creamos que no tenemos control sobre nuestras propias acciones. El grado de descontrol y desconocimiento sobre nuestra propia consciencia, marca el umbral de manipulación de nuestras acciones cotidianas. A medida que nuestra conciencia crítica mejora, nuestra agudeza mental y entendimiento también lo hacen; en ese momento podemos aprender a gestionar los instintos y las emociones, para abandonar el estado bestial en el que nos hemos estado sumidos.

Emerge pues la conspiración en el primer acto de la presente obra, como coartada para la no asunción de responsabilidad sobre nuestras acciones cotidianas, a nivel personal y colectivo. Obviamente ocurren cosas en el mundo, mejores y peores, también hay personas que toman decisiones, frente a otras que prefieren no tomarlas. El decaimiento de la responsabilidad colectiva por omisión y abandono de voluntades individuales por hábito y comodidad.

Cuando uno asume su parte de responsabilidad en la construcción de su entorno inmediato, la atribución causal externa desaparece y por lo tanto pasamos de víctimas a actores, de objetos de conspiración a arquitectos de nuestro destino.

Por otro lado asistimos atónitos al despiece de la voluntad humana, rodeados de mercaderes de verdades que diariamente se disputan la carnaza espiritual de los dormidos y que exacerban su naturaleza bestial al facilitar su anclaje a las energías que los adoctrinan. Es el segundo acto de la obra que se lleva a cabo simultáneamente al primero, mientras entre bambalinas se encuentran los aspirantes a Maestros.

Se hace patente pues la necesidad de afinar la capacidad de discernimiento, para comenzar a tomar decisiones sobre los asuntos que nos ocupan.

La crisis más profunda marca el momento de máxima producción de estiércol, lo que muchos obvian es la germinación de los nuevos brotes que se desarrollan gracias y a través de la energía de la putrefacción. La crisis más profunda marca el inicio de un renacimiento del espíritu humano, a nivel individual y colectivo.

El resurgir del ser humano como arquetipo del potencial divino, se expresa a través de la metamorfosis de la voluntad verdadera del alma.  Cada persona, cada una de esas luces individuales es un destello único e irrepetible de la verdadera forma del espíritu humano y divino por definición.

Por eso cada vida desperdiciada, cada chispa de divinidad efímera, puede representar una faceta crucial de nuestra consciencia colectiva, indispensable para dar el siguiente paso hacia nuestra destino, ocupar un lugar en la comunidad de razas que viajan libremente por el cosmos y que han superado su infancia colectiva.

Capacidad de cambio y creación a través de la transmutación de nuestra verdadera voluntad y propósito personal.

Un individuo puede producir el movimiento de todo un colectivo por concatenación de sinergias inconscientes y esto lejos de ser una buena noticia, es la clara demostración que como grupo aún andamos en pañales. Por otro lado nos ofrece la oportunidad de vislumbrar el potencial que alberga nuestra verdadera naturaleza, una vez se doma y comprende a la bestia que la controla.

Fijando nuestra mirada en ejemplos a seguir, el héroe que debe caber en nuestras vidas es el que cada uno de nosotros puede descubrir en sí mismo, pues el potencial que albergamos es único e infinito. Una piedra preciosa que solo necesita ser pulida para alcanzar su clímax, utilicemos la capacidad de discernimiento como cincel de nuestra consciencia y unámonos a los Dioses del Olimpo. Asumamos nuestra responsabilidad y unámonos como iguales.

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El verdadero espíritu humano vuela libre lejos de ideales políticos, convenciones sociales , doctrinas, religiones, moralinas y éticas caducas. Todos estos condicionamientos son meras distracciones, generadas con el único objetivo de mantener cautiva la naturaleza que nos pertenece y que trasciende muros intangibles. El único límite que nos sujeta y nos impide volar, es aquel que seamos capaces de imaginar.

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